El discurso de los últimos días, enardecido, altivo y condescendiente, sigue siendo igual que el de los últimos años, o quizás al de siempre.
A la gente ya no le gusta debatir, sino más bien infantilizar. Hay una afición enfermiza a creerse el rey de la colina, desde la superioridad moral que les brinda el eco de aplausos de esa burbuja que piensa igual que ustedes, para ridiculizar, obstaculizar y satanizar a todos los que piensen diferente. Peor aún los que cazan peleas imaginarias, dando golpes al aire y pensando todo el día en argumentos para odiar más a la izquierda, o a la derecha, o al vecino que votó por Petro, o al costeño, al cachaco, al paisa; al que sea.
La humanidad se volvió adicta a categorizar. Que si de izquierda, que si de derecha, que si mamerto, que petrista, o fascista o uribista. Desde hace tiempo que la pereza de encontrar lugares comunes terminó en el facilismo de las etiquetas. Y no solo es el hecho de marcar a la gente como si fueran productos del supermercado, sino que además tienen el descaro de atribuirles características y vidas imaginarias, como si fueran animales registrados en una enciclopedia. Ah, que este votó por Petro, entonces es un resentido con un tatuaje del M-19 que vive en una cloaca de odio y pobreza mental desde la que apoya a las guerrillas; o que tal votó por Duque, seguramente es un insensible que apoya a los grupos paramilitares y odia a su mujer.
Nos encanta hacernos la vida fácil y por eso caemos en la estupidez de etiquetarlo todo, porque así no toca pensar, sino reducir, en un mundo en que los prejuicios y las generalizaciones abundan por doquier. Y no, no es culpa de las redes, que ha terminado siendo otro de los facilismos más comunes de la academia. La culpa es de la humanidad, en general, a la que le siempre le ha resultado más cómodo encerrar a grupos en lugares comunes. No para entenderlos, sino para separarlos, para nunca hacer el ejercicio de asimilar cómo piensan; de escuchar.
Lo único que han hecho los conceptos es evolucionar, pero las etiquetas son las mismas. Comunista, fascista, tibio, liberal, conservador. Una y otra vez el enemigo en común. Para unos, hay que odiar a los que apoyan el matrimonio igualitario, para otros, a los que están en contra del aborto. El problema de la humanidad es creer que el colectivo es lo más importante, cuando el respeto por las individualidades, el querer entender la postura del otro, debería ser prioridad.
Con todo el tema de Venezuela y de Maduro y de Trump y de María Corina, nadie quiere debatir. Y, como siempre, impera el: “si estás en desacuerdo conmigo, eres mi enemigo”. Porque, amigos, es posible aborrecer al régimen y al mismo tiempo no aprobar una intervención norteamericana. Se vale que les guste el helado de vainilla pero no el de chocolate. No todo es blanco y negro. La vida tiene grises y en el mundo haríamos mejor si nos gustaran más los grises. Porque sí, los grises son más difíciles y no encajan en el universo cuadriculado de amigos y enemigos, de fachos y mamertos. Los grises son reales, mucho más que las certezas y conceptos que tantos de ustedes asignan con una facilidad aterradora.







